3 de octubre de 2010

Alejandro

La pava silba en la cocina de una tarde de domingo solitaria.
La cinta roja del paquete de Sonrisas, que más tarde usaré para enrollarla y desenrollarla en el dedo, 
jugando a estrangularlo y a perdonarle la vida.
Una radio desconocida del barrio emite la voz lejana de un relator de fútbol.
La pava silba en la cocina.
El olor de la madera se pierde entre los árboles y el de la yerba, entre el pasto, y
si lo pienso un poquito
(no hace falta mucho, con 12 segundos basta)
empiezan el sudor frío, la anticipación y los nudos en la garganta.

Jaime Barylko no cree posible
que la capacidad física de un 3 de octubre
alcance para albergar la magnitud de esta ansiedad

toda de vuelta.

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