28 de septiembre de 2010

Clara

Clara duerme en la cama de al lado, apenas abrigada por una sábana vieja de bolitas de algodón. No se saca los invisibles que le enmarañan el pelo; el libro se cae de la cama tipo 2 ó 3 de la mañana, cuando ya nadie puede escucharlo.
Clara se despierta cuando el gato se ovilla sobre sus pantorrillas. Se levanta un rato después, enciende la hornalla y corre la cortina de la cocina. No percibe el momento en que el aroma a lavanda y menta perfora la solidez de las puertas de madera de la alacena.
Yo creo que ella no lo sabe, pero no es común no tener miedo a lo que sigue a continuación. Clara gira la cuchara para mezclar el café con el azúcar y, de vez en cuando, se sonroja.

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