Clara duerme en la cama de al lado, apenas abrigada por una sábana vieja de bolitas de algodón. No se saca los invisibles que le enmarañan el pelo; el libro se cae de la cama tipo 2 ó 3 de la mañana, cuando ya nadie puede escucharlo.
Clara se despierta cuando el gato se ovilla sobre sus pantorrillas. Se levanta un rato después, enciende la hornalla y corre la cortina de la cocina. No percibe el momento en que el aroma a lavanda y menta perfora la solidez de las puertas de madera de la alacena.
Yo creo que ella no lo sabe, pero no es común no tener miedo a lo que sigue a continuación. Clara gira la cuchara para mezclar el café con el azúcar y, de vez en cuando, se sonroja.
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