11 de noviembre de 2012

Los luchadores

Estoy segura de que es distinto todas las veces, pero para mí, la primera fue así:

17 años de caminar a tientas por un bosque de árboles de copa pesada, de las que dificultan el paso de la luz del cielo. Al final de un camino no trazado, una casa preciosa, de esas que dibujás toda la infancia y con la que soñás en silencio el resto de tu vida. Blanca, de techo rojo. Con aberturas de madera trabajada. Cortinas color hueso, macetas con flores en todos los balcones. Deshabitada.

En cada habitación, una versión de mí de distintas edades. Iba desde los 12 hasta los 30.
Hasta los 30 tuve que esperar.

Algunas versiones mías estaban más gorditas, otras eran demasiado flacas. Con tatuaje, sin tatuaje. Con y sin flequillo. A veces con remeras de otras bandas. A veces contenta, a veces con una tristeza imposible de despegar de la mirada. Siempre esperando.

A todas ellas quise abrazar, y no me molestó para nada decirles al oído: Es todo lo grandioso que esperás que sea, y quizás más.

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