16 de julio de 2012

Un día me desperté y era una canción completa.
Esa mañana se me escaparon algunas corcheas por el resumidero,
y más tarde dejé semifusas adheridas al boleto del colectivo.
Algunas notas se mezclaron con los ruidos de la ciudad
y a veces no sabía si era yo la que sonaba
o la melodía de otra persona que se ejecutaba cerca de mí.
Las teclas de un piano vecino se apoderaron de algunos de mis coros al mediodía.
Mi estribillo tuvo que elegir entre quedarse conmigo
o unirse a una banda de jazz callejera.
La tarde monótona se empalagó con un loop corto pero insistente.
A la noche, llegué a casa arrastrando un tono sombrío
que se olvidó de mí apenas se encendió la luz.
La cena estuvo marcada por el silencio.
Dormí en la oscuridad más tenebrosa.
Y al día siguiente era la canción número dos.

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