23 de septiembre de 2011


Estaba enferma y soñé que estaba enferma. Era el mediodía o un momento de mucha luz porque las paredes brillaban como plateadas. Yo estaba sentada en la cama, a 90º perfectos, sin flexionar ni un poquito las rodillas. Primero pasaban los músicos solos, uno detrás del otro. El primero era Kurt Cobain. Tenía la cabeza hundida entre los hombros, y los brazos y las piernas estirados. Los dedos se le unían en una sola punta. Marchaba como soldado. Detrás de él, venía Dave Grohl, con el pelo atado en una colita. Por más que cerraba la boca, se le veían todos los dientes. Corría levantando las rodillas bien alto. El último de la fila era Krist Novoselic. Aunque los seguía en línea perfecta, estaba por todos lados, por todos lados.
No pensé en pedirles un autógrafo porque estaba muy enferma. Pasaron rápido en la primera vuelta. Después apareció el fanático. Era como un zeppelin azul parado. Tenía voz gruesa, pero no decía nada. Solamente los llamaba. La segunda vez pasaron los cuatro juntos. Eran un videojuego que yo controlaba agarrando los pliegues de mi sábana. Cobain marchando, Grohl con los dientes, Novoselic en todos lados, el zeppelin azul. Uno, dos, tres cuatro. Jugador 1, jugador 2, jugador 3, jugador 4. Botón, botón, flechita arriba, flechita abajo. Un joystick artesanal compuesto por un termómetro y cuatro novalginas.
La última pantalla era la misión suicida. Cobain, Grohl y Novoselic se tiraban por el balcón. El fanático desquiciado los seguía. Fue como ver qué pasaba con Thelma y Louis una vez que el auto llega al fondo del precipicio. Cuatro novalginas no iban a arreglar eso.

1 comentario:

alfred dijo...

tu cabeza es un maravilloso misterio