En Carlos Paz, las siestas tienen aroma a jabón en polvo o suavizante de ropa. Los pisos renuncian a su color de fábrica y adoptan un perfil dorado, para estar en armonía con el ambiente. Yo bajo las escaleras descalza y dejo de entender dónde estoy. Hay plantas adentro de la casa y necesito achinar los ojos para hacer foco y confirmar si estoy acá o me fui a otra parte en algún momento del sueño.
Sospecho que en Cosquín sucede lo mismo, como he comprobado que pasa en Agua de Oro. De jardín, ella tiene un bosque, y ceba mates de madera que apoya en la superficie irregular de un tronco cortado al medio.
Yo me imagino levantándome de la cama una tarde de invierno, donde todo es silencio y llovizna. Me veo llenar la pava, el agua rebotando contra el suelo de metal. Siento la textura de madera del marco de la ventana, donde apoyo la mano cansada para mirar el patio que yo misma elegí: selvático, descuidado, sombrío.
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