Se hallaba perdida en sus pensamientos cuando, al mirar casualmente a la izquierda, los vio llegar. El matrimonio Campos: Josefina y Tomás. Ella, espléndida como siempre con su vestido negro de lentejuelas cosido por ella especialmente para la ocasión. Él, con su camiseta blanca, su chaleco negro y sus zapatillas. Sonrió. Por fin lo veía en la tercera dimensión. Sí, era narigón como parecía en las fotos. Sí, tenía rulitos chiquititos propios de su herencia judía. Sí, tenía una sonrisa contagiosa. Pensó en lo loco que es entablar un cariño por alguien que no se conoce más que por fotos. Pensó en lo unilateral que es querer a alguien por ese medio. Pensó en el momento en que ella se lo presentaría. Pensó que le diría ¡El famoso! y él le respondería ¿Famoso? y la miraría a su señora con aire incrédulo, preguntándole con la mirada Qué simpática, ¿quién es?.
Y mientras lo miraba, absorta en estos razonamientos, él se volteó a la derecha y la vio. Justo antes de que la sonrisa iluminara todo el predio y levantando la mano con el gesto más universal, Tomás la saludó y se quedó congelado en esa postura. Pensó ¿Sabrá quién soy?. Pensó ¿Me conocerá de las fotos?. Sospechó que quizás hiciera el ridículo saludándola antes de que se la presentaran formalmente, a pesar de que ya conocía a la perfección quién era. Ella también lo saludó confusa, indagándose exactamente lo mismo.
Más tarde, al verlos en medio del salón, ella se acercaría y le diría a Jó al oído Presentámelo a Tomás, técnicamente no lo conozco y, después de las risas y el abrazo, él relataría la historia con las mismas palabras e imágenes que se fueron dibujando en la cabeza de ella.
1 comentario:
te quiero
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