En un momento, todos se congregaron en el living y se pusieron a cantar temas que él no conocía. Él disfrutó de la música igual. Todos festejaban y se reían a los gritos de chistes internos. A él no le molestaba no entenderlos. Se enrollaba y desenrollaba un hilo de la campera en el dedo índice, como si fuera un ritual de convivencia.
Eventualmente, el repertorio musical se terminó y el cumpleañero recordó que Ignacio sabía tocar la guitarra. "¡Tocate una, Nacho!", le pidió. Pero él estaba vergonzoso y hubiera deseado pasar inadvertido. "No, sigan tocando ustedes que está divertido". "No, dale! No sabemos otra, tocá una vos que sabés un montón". Tras varios pedidos insistentes del cumpleañero, del compañero de éste y de todos los amigos de la infancia, Nacho tomó la guitarra entre las manos y, con la fuerza de un ferrocarril cuya llegada es inminente, rasgó las cuerdas del instrumento con una precisión que les sacaba tres vueltas a los demás, y cantó con una voz acaramelada "Prendido a tu botella vacía..."
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