Me deberían dar una moneda por cada vez que me duele la cabeza de esta forma;
un pase libre por cada vez que tengo que apretar la Virgen del Valle tan fuerte en la mano que se me quedan marcadas la cruz y las manitos que rezan.
Levantando las piernas y apoyando los pies en la silla
si uno se mira las rodillas
si mira adelante donde estás vos y si después uno se mira las rodillas
se pueden bajar los portarretratos del estante de más arriba.
Solamente hacen falta: un banquito, una pollera, una bombacha bien cubridora.
Se van bajando las imágenes una por una, se van ubicando en hilerita en el ángulo entre la pared y el suelo.
Pueden ser una, dos o más.
Una vez terminado el asunto, las imágenes levantan la vista y no dan tanto miedo.
Están ahí, indefensas, petisas.
A veces uno se olvida de que solamente hay que dejar de mirar para adelante y mirar para abajo un poco
porque cuando uno mira un poco para abajo, ya empieza a reconocerse
en la ropa que eligió para el día
en el ángulo retorcido de la columna
en las zapatillas rojas a lunares blancos.
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