4 de enero de 2010

Alejandro

Sentada en el escalón más alto, esperé. Me habías dicho "No te des vuelta hasta que te avise. No hagas trampa." y yo respetaba tu orden. Cerré los ojos para absorber cada detalle de la idílica situación: El viento me despeinaba. Se preparaba una tormenta. Las lámparas de la ciudad brillaban difusas.

Cuando me diste luz verde, quedé maravillada. Estabas descalzo sobre el pasto mojado, haciendo equilibrio con tu postura. Una aparición angelical sobre los oscuros colores de una plaza nocturna. En el aire subían y bajaban pelotas de luces, que cambiaban de color en intervalos regulares. Sonreías iluminado por la magnificencia de tus malabares, como si estuvieras solo y únicamente vos, de entre todas las personas del mundo, tuvieras la capacidad de hacerte feliz.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.

Unos minutos más tarde, charlábamos en las escalinatas, tomando helado de granizado directamente del pote. Te tomabas un minuto para responder todas mis preguntas, hábito que siempre me enamoró de vos.

Más tarde veíamos una película en casa. Nos divertíamos. La distancia entre nuestros cuerpos se iba dilatando, como si el crecimiento de la confianza también alimentara una repelencia física.

A las 5 de la mañana, cada uno estaba acostado en su cama, y nos separaba una puerta cerrada.
Tu mensaje de texto interrumpió mi dulce transición al primer estadio del sueño.
Una conversación lacónica corta y picante, y la esperada propuesta: "vení".

Me acosté en tu cama. Nos abrazamos. "No te vayas a quedar dormida.", me dijiste. Estaba cómoda y afirmaba para mi fuero interno que la consecuencia lógica de la noche tenía que ser ese abrazo. Nos acercamos más. Nos acercamos más. Nos acercamos más.

- ¿Me das un beso?
- No.
- ...
- Me parece que te deberías ir yendo.

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