Estaba arrodillado, escondido del resto de la gente. Fumaba. Tenía un mate cebado en la ventana, pero no se acordaba.
Me senté junto a él. Sus ojos estaban rojos y volvían a llenarse de lágrimas.
"Estoy muy quemado, Chechu. No sé de qué encargarme primero. No encuentro la salida de ninguno de todos estos quilombos."
Le acaricié la rodilla y ladeó la cabeza con los ojos cerrados. Tomé el mate frío y le cebé uno a él. Tiró la ceniza del pucho al suelo y el viento me la trajo al pelo. Lo miré. Abrió los ojos y sonrió.
En ningún momento dejó de mirarme los bigotes.
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