Mi cuadra estaba bañada en sol y hubiera estado completamente desierta de no haber sido por mí y por mi acompañante. En plena siesta, rompiendo el silencio y la calma, llegaba un taxi y estacionaba delante de mi casa. Era Peña. Tenía pelo y canas, una camisa blanca, ningún tatuaje, ningún aro, cara relajada pero insatisfecha. Saludaba a mi acompañante con respeto y sin ganas. A mí, me abrazaba mufando. Luego, me tomaba de las manos y, mirándome a los ojos, la frase que aún ahora me pone la piel de gallina: "Es tan aburrido esto".
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